miércoles, 24 de septiembre de 2008

DR. SABELOTODO



Hay momentos en los que a una le apetece correr, y escuchas en todos los rincones: corre, corre sin parar y con fuerza. Te va la vida. Oigo a menudo estas palabras en mí, retumbando, comiéndome desde dentro con un eco estremecedor. Y quién no se siente así, alguna vez. Léa piensa que nadie más que ella. Léa es quien se siente así, nadie en el universo podría hacer la competencia a tanta tristeza. Lo triste abarca desde la mañana hasta la noche, sin compasión y se adueña de sus objetos queridos y de sus seres queridos hasta no dejar más que sombras de las que no sabe apreciar casi nada. Además, la miopía la hace débil ante el mundo no dejándola ver más allá de bordes y colores confusos. No sabría distinguir a un gato de un perro a más de tres metros de distancia ya que para ella solo serían dos manchas de determinado color cruzando el mundo en sus narices. Considera muy grave el hecho de tener que levantarse y estirar el brazo para palpar sus terribles gafas, que en otra época habría sido monóculo, y más pasado quién sabe si hubiesetenidosiquierael"privilegio"dever. Privilegio que se calza cada estúpida mañana estirando el brazo y cogiendo esas gafitas que compró. Yves Saint-Laurent. Montura pasta negra, estilo intelectual universitario. Un día escuchó una conversación ajena mientras desayunaba en la que decían que las gafas eran elemento crucialindispensable de la personalidad de una misma. Ajá, pensó. Y se quitó las gafas para observarlas. Puaj. Montura de metal, oferta de óptica barata. Cristales gruesos y rallados. Un poco sucias, para qué ocultarlo. Un defecto más encima de tantos. Puaj, pensó, y luego... otra vez ajá. Con esas gafas su personalidad se veía mermada así que... Bueno. Aquella conversación matutina fue el motivo de que cada mañana palpase y palpase la palma por encima de la silla de despacho con ruedas que le hacía las veces de mesilla de noche improvisada unas gafas que corregían 6 dioptrías y media en cada ojo, de miopía. La miopía es un defecto de la retina im.pre.sio.nan.te. Descubrió que la sufría a la tierna edad de siete años y no pudo cerrar la boca mientras el médico les explicaba a su madre y a ella, con palabras salidas de enciclopedia de medicina, qué era lo que le pasaba a sus pequeños ojos. ¿Quería decir que no veía claro el mundo? Ya le parecía. Todo, entonces, tenía más forma y color de lo percibido hasta el momento. Ufff. Qué descanso. Había cosas que ni siquiera tenían fuerza. Ahora todo volvía a tener remedio y dejaría de hablar con su gato por las noches a medio centímetro de distancia de sus bigotes (aquella era la única forma de poder ver claramente el verde de sus ojos, y de distinguir no solo verde, sino distintos tonos de verde superpuesto).


LÉA EN LA CONSULTA DEL DOCTOR


Léa con la boca abierta.


Doctor: la palabra clave es errorderefración (refracción), ¿no? Esto quieres decir (junta
los dedos de las manos). La córnea de su hija tiene demasiada curvatura, por ello, la luz no entra en el ojo y hace que no se enfoque correctamente, ¿no? Todas las imágenes, es decir, ¿no? se enfocan delante de la retina en vez de en la retina, ¿no? ¿Entiende?¡delante! Así se ve borroso. No puede ser de otra manera, ¿no? Por eso su hija ve borroso, muy borroso, vamos, ¿no?¿entiende? Espero que todo haya quedado claro, si tiene alguna pregunta... ahora es el momento. Tendrá que llevar gafas para corregir la miopía, dejará así de ver borroso, con la corrección de las gafas.


Léa: no puede dejar de abrir la boca. Ahora su boca tiene el tamaño de un buzó
n de correos. Madre mía. Y su madre no parece sorprendida. Madre... mía. Este es el tierno recuerdo que Léa guarda de aquel terrible médico sabelotodo. Tipo marioneta. Sí. Desde luego, aquello no podía ser una persona...


1 comentario:

N. dijo...

Nota: las madres tienden a no sorprenderse ante los médicos.