jueves, 25 de septiembre de 2008

DOÑA NADIE


Carta de Léa a Léa:


Escribo esto porque si no lo escribo se me escapará, y mañana cuando me despierte ya no recordaré ni una sola de las palabras que ahora me rondan. Además, si Cortázar no hubiese decidido aquella noche levantarse para escribir lo que se le pasaba por la cabeza quizás los cronopios y las famas solo habrían sido un terrible sueño. Si Dalí, amado Dalí, no hubiese estado en vela toda aquella noche por culpa de Gala, quizás ahora el "Gran masturbador" no sería más que un onírico momento de vida desechada. Escribo esto porque si no me sentiré vacía y sola, de nuevo, al despertar hacia las 11 de la mañana, con ganas de ni siquiera vomitar y con la pesadumbre propia de la Doña Nadie. No seré menos Doña Nadie al acabar esto, pero esto será mi rastro en el mundo, que es más o menos, con menos o más penas y glorias, la razón por la que nos movemos casi todos y damos pasos por la vida, hacia adelante, hacia atrás, derecha o izquierda.

Me avergüenzo, de vez en cuando, descubriendo formas de ser más o menos famosa. Veo gente famosa y pienso: IMITA. Aunque sé que la imitación no es sinónimo de fama. Tiro la idea a la basura. Léa es una. Una sola. Inimitable. Nadie. Pero Léa. A trozos. Pero Yo. Léa. Ese nombre sí lo aprendí sin rechistar y a tientas.

Léa quería ser escritora. Desde pequeña. Desde pequeña hacían falta tan solo una hoja cruadriculada y unos lápices de colores, y un bolígrafo, y podía crear cualquier historia. Dime dos personaje, mama, dos: un pollito y una jirafa. Eso era suficiente. Qué cuentos aquellos. Todavía los guardo en el altillo, los miro de vez en cuando, los huelo, los toco. Ese momento se parece a lo que imagino que es la fama. La Fama con mayúscula.

PRUEBAS FEACIENTES DE QUE LÉA ES ESCRITORA

1. escribía cuentos desde que tiene uso de razón. Cuentos preciosos en los que un acontecimiento te lleva a otro. Un día publicaré alguno, para que todos puedan emocionarse con aquellas historias.

2. A los quince años, Léa escribía por inercia. Sin saber siquiera lo que era la escritura. Sabiendo tan solo lo que en el colegio te explican. Ni siquiera literatura de verdad. Escribía cada día un folio, como un trabajo que había que cumplir a rajatabla. Como los deberes. Ni siquiera leía, nunca en mi casa había habido ni un solo libro que a una novela se asemejase. Sin embargo, y desde dentro, Léa escribía. Aquello era la única forma de expresar. Era la mejor forma de hacer las cosas aún no contaminada de la vida, y de lo que la literatura era y a lo que se parecía. Aquello tenía la virtud de lo puro. Aunque puro suene cutre. Lo era. Y lo digo sin vergüenza porque sé que eso cualquier puede entenderlo, da lo mismo la conexión que tengas con la escritura, con la lectura, con la literatura o con la palabra creación. Tú puedes entender que lo que escribía era para gritar. Tú puedes hacerlo.

3. A los dieciocho años pense: te gusta escribir, te gusta leer (aunque has leído lo que has podido, pero cómo te gusta abrir todas esas ventanas, Léa), estudia escribir y leer. Filología.

4. Durante seis años se pudo vivir de escribir y leer. Se escribe y se lee más que nunca. Esa sensación es tan fuerte como irreproducible. Es de lo que habla Pizarnik y Virginia. Pero se volvieron locas. Como Léa mientras estudiaba filología. Aquello no era para trabajar, era para vivir. Era más que vivir.

5. Al acabar la carrera Léa es escupida al mundo. Se encuentra en un mundo que escupe y vomita Bestsellers. Todo el mundo tiene cabeza de Follet. ¿Puede Léa vivir en un mundo así?

6. Habrá que reencontrarse. Renovarse o morir. Pienso en... todos los que supieron y saben hacerlo. Cada día. hasta morir.


Debo aprender, de mí misma. Y cuanto sé, y cuanto estoy aprendiendo. Ahora debo reescribirme, evitando decir, por favor, las palabras preñada o parir. Solo quiero escribir algo. Bueno o malo, qué más da en el mundo sin baremo, si ya soy, desde luego, Doña Nadie.

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