
Fui tremendamente precoz. Cuando tenía doce años se me perdieron las zapatillas, así que fui a buscarlas bajo la cama de mis padres. Mis padres no guardaban secretos. Cuando adentré la mano bajo la cama sentí algo de tacto desconocido. Cuando saqué la mano me encontré cara a cara con aquella película. La carátula rezaba Deep throat y aparecía una mujer. Yo nunca habia visto una expresión parecida. Era Linda Lovelace. Con la boca entreabierta y los ojos entornados. Atrévete. Y todo esto será tuyo. Es todo un imperio, tuyo. Esta boca será tuya. Estos labios, tuyos. Tengo todo un cuerpo para ti. Unos pechos grandes de pezones oscuros, para ti. Estas piernas se abrirán al son de ya, acompañando la música de tu cuerpo. En ese momento no caí en mi boca abierta ante la sola primera imagen de aquella mujer poderosa enseñándose sin pudor y por entero ante el objetivo de miles de miradas. No tardé en ir hacia el comedor con cuidado y sin hacer ruido (a pesar de que estaba completamente sola), apenas rozando con los calcetines en el suelo. Inserté el VHS.
PLAY
La música me absorve por completo. Y los títulos de crédito. Los nervios propios de los preadolescentes me recorren por entero, de punta a punta de mí. Se hace la luz y Linda Lovelace llena la pantalla conduciendo un coche por la ciudad. De repente, se quita la ropa. Todo pasa deprisa en mi cerebro. Admiro sus grandes pechos. Nadie sabe lo que son capaces de hacer estas imágenes en un pequeño cuerpo como el mío por aquel entonces. Mis manos empiezan a correr por mi cuerpo, que, de repente, ahora existe. El verbo de mí se hace carne, como leí una vez en no sé dónde, y siento con claridad las formas que hasta el momento habían permanecido invisibles. Pechos diminutos, sexo de juguete. Vuelvo a la raíz de un aullido que retorna. Soy una especie de loba, un animal moribundo. Esto no tiene nada que ver con las dos patas a las que estoy acostumbrada. Siento la imperiosa necesidad de retornar a las cuatro. De sentir el suelo en todas las extremidades, de nuevo. Me fijo en la pantalla. Linda aparece con una clara preocupación en el rostro. Cierro los ojos. Cuando los abro, dos mujeres invaden la pantalla. Yo nunca he visto dos mujere tan desnudas. Una lleva por todo atuendo una melena que le cubre la espalda por completo, belleza cegadora, casi. Sin que lo espere, un sexo de mujer en primer plano. Y siento una contracción enorme en el bajo vientre que me obliga a doblar la espalda, a dejar la entrepierna al descubierto. Una de las mujeres saca un artilugio que me es completamente desconocido. Largo, rosa. Cada una de las puntas es la imitación de un glande. ¿Para qué demonios sirve algo así? Pienso. Otra contracción, tengo miedo. Me da miedo estar fuera de mí. El artilugio empieza a introducirse entre las piernas de la rubia, a la que ahora invade una expresión de horror. No quiere, no le hagas eso, le hace daño. Mi sexo se contrae y siento como los músculos están fuera de sí, no dejan de temblar. Tengo miedo, pero no aparto los ojos de pantalla. Belleza cegadora se introduce también el artilugio dentro de sí, observo detenidamente esa imagen: como algo desaparece para entrar en ella. ¿Pero es que no le duele?¿Realmente eso puede hacerse?Las imágenes empiezan a sucederse de una forma rápida. Primeros planos de los rostros de las chicas lamiéndose los labios y gimiendo, cada vez más fuerte. Se me mete dentro de la cabeza. No puedo más. Siento una contracción tras otra, como al ritmo de un tambor interior. Pum. Pum. Pum. No sé qué me pasa, esto va muy rápido. Rápido. Rápido. Grito sin querer, demasiado fuerte para los vecinos. Las contracciones se suceden y todo mi cuerpo se ensancha. Tengo tanto miedo que estoy a punto de parar. Pero ya no puedo. Todo ha resultado ir demasiado rápido. Mil contracciones por segundo. Mil...y... Ya. Mis piernas me traicionan y todo mi cuerpo cae al suelo, desnudo. Mi mano derecha aparece cubierta de un líquido blanco y espeso. El terror me invade. Me visto. Me limpio. Y...
STOP



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